Mi pareja es periodista de un importante diario de la ciudad. Reportea y también investiga. Combina la nota roja con la entrevista y la denuncia. Ya varias veces las autoridades la han citado para dar su propia versión de los hechos, en una especie de regaño que también es una oportunidad para profundizar en los temas.
El tópico del agua sucia y maloliente ha llenado las páginas de los periódicos. La represión en Casa Jalisco y los destrozos de la segunda manifestación produjeron cualquier cantidad de materiales audiovisuales y escritos. Pero en cuanto el gobernador y la presidenta se pusieron más o menos de acuerdo, la tensión comenzó a reducirse.
El asunto, sin embargo, está lejos de resolverse. Los tandeos afectan a cientos de miles de hogares. Y la limpieza del canal de la presa de Las Pintas se ha convertido en otro problema. La suciedad que se extrae de ahí a toda prisa se ha tirado en cualquier lado y no parece que exista ningún tipo de protocolo para gestionarla.
Desde hace mucho, excavar en Jalisco por cualquier razón tiene implicaciones forenses, se quiera o no. Las fosas y los enterramientos clandestinos son cosa de todos los días. La crisis de personas desaparecidas es también una crisis de personas que han sido asesinadas y sepultadas en multitud de sitios. Las madres buscadoras y los colectivos ocupan sus horas y sus días en desentrañar esos oscuros secretos.
Esa verdad tan terrible también se ha vuelto evidente para los que trabajan en diferentes obras. Mi pareja, que se dedica en especial al tema de la desaparición de personas y el reclutamiento por parte de los carteles, ha estado presente en las búsquedas que realizan los grupos ciudadanos. Es una labor arriesgada. Los "halcones" siempre están presentes en los predios, casas abandonadas, colonias y vecindarios donde operan los delincuentes.
Por eso no fue extraño que le llamaran hace un par de días para que acompañara como testigo y periodista a un colectivo que había recibido información inquietante de Las Pintas. Con las palas mecánicas, los trabajadores que extraen el azolve habían comenzado a hacer hallazgos macabros. En medio de todo ese océano de desechos, basura, metales, plásticos, piedras, muebles y lo que se pueda imaginar, también había huesos. Y no todos eran de animales.
- Están sacando cuerpos de personas -le dijo a mi pareja una dirigente de uno de los colectivos, en un audio de Whatsapp- pero quieren ocultar la información, muy probablemente ahí hay cientos de restos de personas desaparecidas.
- El problema es que no están haciendo ningún trabajo forense - contestó mi pareja- quieren sacar todo el lodo y simplemente enterrarlo o tirarlo donde sea.
Con ese punto de partida, comenzó una investigación que ha provocado desvelos y ha conducido a fondos inimaginables. Si la desaparición de personas y las fosas clandestinas son ya una realidad insoportable, lo que ha salido de los lados de Las Pintas supera lo imaginable. Es, en pocas palabras, la confirmación de que el horror que nos rodea no tiene límites.
Sí, hay huesos y cadáveres, por cientos. Pero no puede decirse simplemente que se trate de víctimas de carteles. Primero, porque no hay solo cuerpos de adultos, como suele ser lo común en ese caso, sino también de niños e incluso de bebés. También hay fetos.
El canal de Las Pintas no sólo era vertedero, también eran un camposanto. Y no sólo los criminales lo usaban, sino que, en estratos inferiores, muy anteriores a la crisis que nos aqueja, también hay restos, que podrían datar desde hace décadas.
En los años cuarenta del siglo pasado se construyó el canal que transportaba agua limpia de varios arroyos. Con el crecimiento desenfrenado y desregulado de la ciudad, la turbiedad comenzó a aumentar. En los años ochenta, en medio de la industrialización y las descargas irregulares, la presa y el canal se convirtieron en un foco de contaminación. El drama ha estado a la vista de todos los gobiernos, pero ninguno había querido hacer nada. Sólo la crisis y el estallido social han orillado a actuar a los que hoy detentan el poder. Les tocó y no pueden evadirlo.
¿Presentían o sabían que lo mejor no era meter mano en ese asunto? ¿Que hay secretos que era mejor nunca sacar a la luz? Es improbable, ningún gobernante pudo estar jamás tan cerca del pueblo como para concebir lo que ha pasado en Las Pintas.
Las muertes que ahí se han descubierto no tienen que ver solamente con el crimen organizado o con accidentes. También tienen que ver con ritos muy antiguos que ha sido preservados en lo oscuro, en lo subterráneo de la sociedad, desde siempre, a lo largo de los siglos, con modificaciones y adecuaciones, pero siempre ahí, de forma continua. Es más, han dado forma a lo que somos.
En la época prehispánica, hacia el Posclásico, la zona que hoy conocemos como Las Pintas estaba subordinada al altépetl de Tonallan, dominado por la cultura coca y la texcuexe. Quizá por influencia mexica, poco antes de la llegada de los europeos, estos pueblos comenzaron a practicar ritos de sacrificio humano. El dedicado a Xipe Totek, el dios desollado, fue particularmente popular.
Las víctimas eran obligadas a pelear en plataformas circulares, atadas de los tobillos y con armas de madera, contra guerreros completamente armados. Cuando caían, el sacerdote les extraía el corazón para ofrendarlo a la deidad. Luego, con navajas de obsidiana, les retiraba la piel con extremo cuidado, desde el rostro hasta los pies, cuidando que quedara de una sola pieza. Luego se vestía con ella, durante veinte días. Al finalizar el rito, se la quitaba, ya podrida y dura, para revelar su cuerpo purificado y renovado, en una alegoría de la semilla que se desprende de su cáscara para dar origen a una nueva planta.
También se le rendía culto a Tláloc, como en Tenochtitlan. Este dios demandaba niños, a los que se tenía que hacer llorar lo más posible, pues se pensaba que sus lágrimas atraían las lluvias. La dura sequía de 1454 provocó, por ejemplo, un gran sacrificio de cientos de infantes en la capital mexica. Se les pintaba el rostro de azul, como servidores de Tláloc, se les arrancaban las uñas para provocarles el llanto y se les degollaba o se les ahogaba en ríos o lagos.
Podemos pensar que, con la imposición del cristianismo, la religión indígena fue dejada de lado, junto con sus prácticas rituales, pero ignoraríamos la realidad histórica del sincretismo. Se ha estudiado mucho que el dios cristiano, él mismo una víctima de sacrificio, sustituyó en la mentalidad indígena a las víctimas de los ritos. Pero verlo así sería reducir enormemente la dinámica histórica.
Cristo mismo, es cierto, con sus heridas sangrantes, representó bien al desollado de Xipe Totek. Y los Santos Inocentes de Herodes podrían asimilarse a los niños de Tláloc. ¿Pero eso resolvía la necesidad de propiciar la cosecha? ¿O de atraer la lluvia en época de secas?
No, el sacrificio humano continuó, siempre estuvo ahí, vivo. Y lo está todavía. El canal de Las Pintas, de donde se han sacado ya, sin que el público lo sepa, efigies antiguas y modernas de Xipe Totek y de Tláloc, y de donde también se han extraído ya cuerpos de hace días, meses, años y décadas, muestra otra historia.
No es que solamente nos hemos estado bañando con agua contaminada por el uso industrial y urbano de la misma, sino que también nos hemos estado bañando siempre con agua sagrada, como la han entendido siempre las capas populares, según lo más profundo de la religiosidad.
El agua no es solamente ese líquido que entra en la boca de las ciudades, se consume en sus intestinos y sale por la cañería, por el ano de la metrópoli, como su mierda, sino que, antes de esa reducción de su esencia, siempre fue la fuente de la vida, la conexión del todo, el principio unificador y vivificante, la sangre de la tierra, lo más sagrado, en todas las culturas.
La ciudad ha querido usar el agua como mero objeto de consumo y desecho. Pero su función sacramental ahora ha tomado venganza. Y pronto, si los diarios se atreven a publicarlo y si la gente se atreve a saberlo, el trasfondo de la historia por fin saldrá a la luz, con todo su horror, pero también con toda su verdad.