El espejo de Dios
Zeus, en guerra con los Titanes, deja solo al niño Dioniso, que juega en el trono de los dioses. Los Titanes, para distraerlo, le ofrecen algunos juguetes, entre ellos un espejo. Dioniso se mira en él, pero lo que ve es el mundo, la multiplicidad de los seres, los animales, aéreos, terrestres y marítimos, los bosques y las selvas, los lagos, las montañas, las flores, los mares. Ve los frutos de los árboles y las olas encrespadas por la tormenta y los vientos. Ve a los humanos, sus sembradíos, sus ciudades, sus monumentos, sus placeres y dolores. Ve las estrellas, el Sol, la Luna, los cometas y el brillo de miles de astros.
Queda absorto, extasiado por aquella visión de lo que debía ser su reflejo. Los Titanes aprovechan y lo matan, lo descuartizan y lo devoran. Pero Zeus los descubre y los fulmina con el rayo. Con las cenizas hace al hombre, que tendrá entonces una parte mortal y terrestre, sucia y maligna, la titánica. Y otra divina, pura, inocente y celestial, la de los restos de Dioniso. Es un ser dual, mezclado, que ha de esforzarse por purificar su parte inmortal y alejarla de los abismos de su propio cuerpo.
¿Qué vio Dioniso en el espejo? Según la interpretación de los místicos, se vio a sí mismo, fuera de sí. Dioniso sería el Uno, antes de salir de su inescrutable eternidad inmóvil, antes del mundo, del cosmos, antes del universo. Pero si existe algo más que el Uno, es porque, en lo más profundo de aquella unidad igual a sí misma, surgió el ansia de conocerse y, para ello, el Uno ha de fragmentarse, romperse en mil pedazos, exteriorizarse, desplegarse en la multiplicidad, realizarse, hacer brotar de sí su contenido inagotable y, así, dar origen a todo lo que existe. El mundo no es sino ese desarrollo de Dios, esa manifestación suya, esa revelación en y a través del universo.
Cuando Dioniso se vio en el espejo, vio lo que era él, pero ya desdoblado, abierto, expresado, mostrado hacia el exterior. Vio la riqueza de su ser, lo que habitaba en él, lo que podía extenderse desde su misma interioridad. Y quiso que eso fuera algo real, quiso emerger, salir a la luz, hacerse visible, que su esencia irradiara en las mil formas de la apariencia. Quiso ser las flores, la primavera, las estaciones, los años y las eras. Quiso ser el grano de arena, la playa entera, el océano y los planetas. Quiso ser la bellota, la encina, el bosque, la vida. Quiso ser el espacio y el tiempo, abandonar la eternidad fija y entregarse al devenir, quiso nacer, crecer, morir y renacer. Quiso ser principio y fin, retorno, ida y vuelta. Quiso ser todo. Y entonces reconocerse ahí, afuera, como el conjunto de lo finito.
Esa revelación implica el sufrimiento, pues “(…) todo ser sólo puede revelarse en su contrario, el amor sólo en el odio, la unidad en la discordia” (Schelling, 1989/1809, p. 201). Al realizarse, al cobrar vida desde la eternidad, ha de pagar el precio de la temporalidad: “Dios es una vida, y no sólo un ser. Y toda vida tiene un destino y está sometida al sufrimiento y el devenir” (ibid., 273). ¿Por qué entonces Dios querría salir de la serenidad inaccesible de la eternidad? “Si queremos poner este ser al alcance humano, podemos decir que se trata del ansia que siente el Uno eterno de engendrarse a sí mismo. Esta ansia no es el propio Uno, pero sí es con él igualmente eterna; quiere engendrar a Dios, esto es, a la Unidad insondable, pero precisamente por ello, la unidad no está todavía presente en ella” (ibid. p. 167).
El ansia (Sehnsucht), el anhelo, el ardiente deseo de existir y conocerse, genera en el Uno una imagen de sí mismo y eso es ya el inicio de la ruptura hacia el exterior: “Dios mismo se contempla en su imagen. Esta representación es lo primero en lo que, considerado de modo absoluto, Dios se realiza, aunque sólo sea en sí mismo; está al principio junto a Dios y es el propio Dios creado en Dios” (ibid. 171). Es un exceso de amor, un desbordamiento ontológico, como la flor que expele su perfume o el Sol que no puede dejar de brillar. ¿Qué es el mundo? El despliegue de Dios. ¿Qué es el hombre? El ser por el cual y en el cual Dios vuelve a sí mismo, se conoce y logra recordar que ha salido y ahora puede conocerse en una mente finita.
Todo ha surgido de una distracción, de un enamoramiento de Dios al ver la versión de su ser ya manifestado. Este acto de vanidad es un acto de amor hacia lo otro, pues Dios y el mundo, aunque distintos como quien se mira en el espejo y su imagen, comparten también una identidad. Dios es todas las cosas. Al amarlas, se ha revelado en ellas y a través de ellas.
Bibliografía
Schelling, F. W. J. (1989/1809). Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados. Barcelona: Anthropos