El Chupacabras
Era agosto de 1995, la historia había surgido en Puerto Rico. Se decía que muchos granjeros habían encontrado animales de corral muertos, con extrañas heridas en el cuello y sin una sola gota de sangre. Había descripciones de una criatura desconocida, bípeda, de un metro de altura aproximadamente, grandes ojos rojos, piel escamosa y púas en toda la espalda. Un locutor había bautizado al ser como “Chupacabras”. Al principio era una burla, pero pronto la cosa fue tornándose seria.
En 1996, el nuevo mito saltó a Miami, gracias a programas sensacionalistas como Tercer Impacto. Se consolidó en Texas y el norte de México. De ahí se difundió rápidamente a toda América Latina. Surgieron variantes. Ahora se hablaba también de seres cuadrúpedos, sin pelo, con piel rugosa. Hubo autopsias de coyotes sarnosos, que por esa enfermedad habían adquirido ese aspecto extraño. Pero la gente quería creer otras cosas.
Un país bárbaro
En México se vivía una época particularmente salvaje. El primero de enero de 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y, al mismo tiempo, iniciaba la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), lo que provocó una guerra civil en el sureste. El 23 de marzo de ese mismo año fue asesinado Luis Donaldo Colosio Murrieta en Lomas Taurinas, Tijuana. Era el inicio de su campaña presidencial como candidato del PRI. Era el virtual presidente electo. El video del pistoletazo que le dieron en la sien había alimentado el morbo. La cosa no paraba. El 28 de septiembre, José Francisco Ruiz Massieu, exgobernador de Guerrero y secretario general del PRI, fue asesinado de un disparo en el cuello afuera de un hotel de la Ciudad de México. La nota roja vivía no se daba abasto. Y tampoco la especulación política.
Ernesto Zedillo se convirtió en presidente y vino el famoso “Error de Diciembre”: el gobierno entrante les avisó cándidamente a los principales empresarios del país que el peso se devaluaría hasta un 15%. ¿Qué hicieron los empresarios y sus amigos? Compraron los pocos dólares que había en el mercado cambiario y vaciaron así las reservas internacionales del Banco de México, que de por sí eran muy pocas. El peso terminó devaluándose más del 100% en unas horas. La crisis fue devastadora. En 1995 la inflación llegó al 52%. Las tasas de interés de los bancos se duplicaron. Las deudas de casas, autos y tarjetas de crédito se dispararon. Estados Unidos tuvo que intervenir con un préstamo de 50 mil millones de dólares para disminuir el “Efecto Tequila” en la economía mundial. Y el gobierno de Zedillo diseñó el Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa), para muchos uno de los mayores fraudes de la historia de México y que todavía hoy se paga.
La nueva histeria colectiva
Ése era del México en el que aterrizó el Chupacabras. Jaime Maussán, ya convertido en gurú de todo lo raro en vídeo VHS de baja calidad, sugería que se trataba de una criatura extraterrestre o incluso “extradimensional”. Las evidencias irrefutables eran bultos moviéndose en la oscuridad, sombras o trucos de cámara. Era su negocio. Y lo conocía muy bien. Nino Canún, el decano de la televisión basura, llenaba sus emisiones de “Y usted, ¿qué opina?” con ufólogos, campesinos espantados y algún biólogo escéptico que fungía como el villano del programa. Llegó a aparecer algún sacerdote diciendo que el monstruo podía ser un demonio. La cereza del pastel eran las llamadas del público, en las que se narraban las anécdotas más bizarras. Televisión Azteca, por su parte, emitía “Ciudad Desnuda”, con Rocío Sánchez Azuara y Eduardo Blancas. Ahí se presentaban reportajes desde rancherías de Jalisco, Veracruz y Puebla, con grabaciones de animales muertos y música de suspenso. No faltaban los entrevistados que juraban haber visto al críptido en acción en medio de la noche. Más de alguno narraba su heroico enfrentamiento en el cerro, con empate técnico.
Había retratos hablados, sin ningún sentido anatómico, por supuesto. Los dibujos tenían cara como de un híbrido de perro con alienígena, cuerpo de canguro, alas de murciélago, púas de iguana y garras de velocirraptor. Al fin y al cabo, todavía estaba reciente la película Jurassic Park de 1993. Y la segunda parte se esperaba para 1997.
Se organizaron patrullas comunitarias, mucho antes de las que combatirían a los carteles en tiempos de Calderón. Con machetes, escopetas, antorchas y palos, como en una cacería de brujas, los campesinos y ganaderos se sirvieron con la cuchara grande. Fue un muy mal momento para ser perro, coyote, mapache o tlacuache en el México profundo.
Como se suponía que la criatura chupaba sangre, se aplicaron los remedios contra Nosferatu. Las puertas tenían cruces blancas y ajos colgando para proteger a las gallinas. Y más de alguno se hizo de estacas para ponerle fin a la pesadilla y cantar victoria.
El giro lingüístico
La guasa no se hizo esperar. Como todo mundo andaba jodido por culpa de Salinas, apareció la máscara más vendida del Halloween/Día de Muertos de 1996: la del expresidente con orejas puntiagudas, colmillos con sangre y alas de murciélago. Era el ChupaSalinas. Las cumbias hablaban de un monstruo avistado en Dublín, donde vivía su exilio dorado el odiado político. Y algunos serios analistas argumentaron que quizá todo se trataba de una cortina de humo (o caja china), para distraer al público de los escándalos de corrupción, la violencia y las causas de la crisis económica.
La composición verbo-nominal se volvió habitual. Si hubo un Chupacabras, por la época también apareció un Mochaorejas, infame secuestrador que mutilaba a sus víctimas para forzar a las familias a que pagaran el rescate. Y tendríamos también a una Mataviejitas, exluchadora que se ganaba la confianza de las ancianitas para después aplicarles la urracarrana y robarles su dinerito. En Guadalajara aparecería la Matabellas, una charlatana que mató a varias mujeres en su consultorio fake con sus tratamientos piratas. Ya menos conocidos serían los Matataxistas, los Chupaductos (abuelitos de los huachicoleros) y hasta un Matanovias, antes de que el feminicidio se categorizara.
Quizá ése fue el legado más interesante del Chupacabras, que se difuminó como mito a finales de 1996. Los estudios académicos ahora nos dicen que la gente que lo imaginó veía demasiado el cine y la tele. Y que sólo era una proyección de una criatura que había aparecido en la película Species, quizá mezclada con el extraterrestre de Alien, creado por H. R. Giger, y los inexactos velocirraptores. Todo fue sugestión, pánico, histeria, sensacionalismo, superstición, lucro y chisme.
¿Cuándo no?