El hada del guayabo

Cuando en agosto de 2011 miles de personas acudieron a un humilde domicilio de la colonia San José Río Verde, en los márgenes orientales de Guadalajara, a lo mejor no creían realmente que verían un hada real, ahora muerta y conservada en un frasco. Quizá muchos simplemente estaban ahí por chismosos, por sumarse al argüende, porque otros se habían interesado primero (la tendencia a hacer bola).

Algunos probablemente estaban suspendiendo temporalmente la incredulidad, para darse la oportunidad de divertirse un poco, como cuando nos proponemos a disfrutar una novela o una película. O tal vez muchos estaban dirigidos por un anhelo colectivo de que la realidad no sea tan fría y racional como parece, en lo que Max Weber llamó alguna vez el “reencantamiento” del mundo, desencantado por la Modernidad.

De hecho, es probable que prácticamente nadie, con excepción de los niños, creyera que José Gerardo Maldonado, albañil desempleado de veintidós años, había encontrado un pequeño ser alado mientras intentaba cortar unas guayabas. Y menos aún que, en ese encuentro, ese ser lo hubiera lastimado en un dedo, como aseguraba Pepe. Tal vez nadie que estuviera en su sano juicio estuviera convencido del relato, pero era divertido y, a final de cuentas, era una forma de salir de la rutina.

Y si alguien lo creía, ¿podríamos juzgarlo? Si en 1920, el mismo Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, avaló la historia de dos niñas que dijeron haberse fotografiado con hadas reales, ¿no podían los vecinos de San José Río Verde darle el beneficio de la duda a su vecino?

Ver al hada flotando en un líquido indeterminado (que podía ser formol, agua con cloro o alcohol) podía costar unos cuantos pesos, pero valía la pena, sólo porque otros muchos querían verla también. Era un fenómeno de masas, que se replicaba y alimentaba a sí mismo. ¿No estaban ahí los medios de comunicación? ¿No había notas del suceso en la televisión? ¿No se hablaba de eso en la radio? Era menester estar ahí y formar parte. Después de todo, hoy, quince años después, la opinión pública sigue consumiendo contenido sobre el hecho (incluyendo este texto, por supuesto).

Y sí, el hada era sólo un juguete de plástico. Una imitación barata del personaje Pixie o Avispa de Marvel. Una figura diminuta con alitas, tan estática en su pose como el material del que estaba hecha. Quizá la vendían en algún tianguis de la zona y Pepe la encontró tirada. Será que le resultó llamativa, que comenzó choreándose a los niños y descubrió que la cosa generaba atención. Y que esa atención podía ser monetizada, como se dice ahora. Le salió, sin duda. Durante varios días pudo recolectar lo que quizá nunca hubiera ganado en la obra. Y cuando todo terminó, luego de que la propia gente en aquella época incipiente del internet revelara la verdadera identidad de su hada, pudo pensar que al menos había sacado algún provecho. Optó por aislarse, quizá temiendo alguna consecuencia legal, pero no había delito que perseguir y todo lo donado había sido voluntario.

Cuando en 2017 Pepe, ahora apodado El Hada, fue asesinado a tiros afuera de una tienda de esa misma colonia, pocos reaccionaron. En la ciudad de la violencia, las fosas y los desaparecidos, un asesinato más no es nada fuera de lo común, como tampoco lo fue que nunca se esclareciera el crimen, que no hubiera ningún detenido ni ningún imputado o condenado. Nadie sabe ni sabrá por qué lo mataron.

Tres lustros después, el paradero del juguete de Pixie es también desconocido. Tal vez esté arrumbado en un cajón o en el fondo de una covacha. Quizá la madre lo conserva en un frasco con formol, junto con una fotografía de Pepe, en un pequeño altar. Finalmente, el hallazgo de esa figura fue lo más importante que él hizo en su vida y su nombre estará unido al hada mientras, como hoy, se siga recordando el episodio. Así de extraña es muchas veces la memoria colectiva.

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