El dios de los filósofos

Egipto, el origen de lo hermético

En Religio duplex, misterios egipcios e Ilustración europea, el egiptólogo alemán Jan Assmann rastrea la propuesta universalista y cosmopolita de diversos grupos esotéricos, como los masones, acerca de una doble religión, la popular, institucional, positiva, basada en la idea de revelación, con un dios personal y diversos ritos públicos, basada en la fe, por un lado, y la racional, más bien oculta, no institucionalizada, con un dios-todo panteísta, que habría sido practicada por élites cultas desde el antiguo Egipto, al menos según algunos miembros de sociedades secretas.

El origen de un nuevo nivel de esoterismo en la cultura egipcia habría tenido como origen las sucesivas conquistas de los persas, los macedonios y los romanos. La casta gobernante egipcia, compuesta en gran medida por sacerdotes, tuvo que aceptar la pérdida del dominio político y reacción frente a eso refugiándose en los templos, donde pudo seguir preservando y cultivando su religión, que se llenó de complejos rituales y sistemas de símbolos, además de que multiplicó la producción jeroglífica, cuya composición era sólo de dominio sacerdotal. Cobraron así relevancia la iniciación y el secreto, que alejaron el conocimiento de lo divino de la masa de legos y dieron una nueva forma de poder a los poseedores del saber.

Los sacerdotes, en la interioridad protegida del templo, producían, resguardaban e interpretaban los textos que contenían los mensajes sagrados, a salvo de los que no dominasen la escritura y la lectura de los símbolos. Los que quisieran aprender tendrían que pasar por un proceso dividido en etapas, arduo, que llegaba a exigir una auténtica transformación de la persona.

El iniciado tenía que demostrar el manejo del lenguaje de dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, el de lo profano y lo sacro, el de lo fenoménico y lo místico: “La duplicidad del mundo, su escisión en un sensus phaenomenalis y un sensus mysticus, se subsana con el lenguaje. En los interrogatorios de iniciación se trata de un lenguaje secreto cuyo dominio debe demostrar el candidato a iniciado. Quien conoce el lenguaje secreto forma parte del mundo secreto al que éste se refiere, y por lo tanto se le franquea la entrada” (Assmann, 2017 p. 31). Los tres sistemas de escritura egipcia (demótica, hierática y jeroglífica) serían la expresión de otros tantos niveles de acceso al saber de lo sagrado.

Maimónides y la religión esotérica

Rabbi Moses ben Maimon (1135 – 1204), llamado Maimónides, delineó, en el ámbito del judaísmo, la necesidad de diferenciar entre una religión popular y una versión esotérica, sólo para los iniciados y cultos. Esta diferencia iría en beneficio del conjunto social:

La idea de Maimónides de un esoterismo inevitable que subyace a las cosas se basa en la afirmación de que existe una escisión insuperable entre la élite ilustrada y las masas incultas. No se podía transmitir a las masas un concepto de Dios abstracto y amorfo de forma esotérica, porque no eran capaces de entender realidades no materiales. Además, un concepto así, con la idea de teología natural que conlleva, podría poner en peligro un orden social basado en la fe, en la providencia y en la justicia divina. La extendida fe en un dios antropomorfo, que recompensa a los justos y castiga a los malvados, sostiene el sistema de normas sobre el que descansa el orden social. La teología natural, en sentido aristotélico, podría ser peligrosa para los no iniciados (Halbertal, 1997, p. 34).

Las personas no preparadas, que ignoran de filosofía y teología, los no iniciados, que vienen a ser la inmensa mayoría, no tienen la agudeza conceptual para entender a un Dios que no se parezca a un ser humano o a cualquier ser viviente. Necesitan un Dios antropomórfico, algo que puedan imaginar como material, tangible. No pueden lidiar con la idea de un Dios sin forma, una potencia, una fuerza cósmica o el universo entero como natura naturans. Moralmente, además, necesitan tener la certeza de que las injusticias serán castigadas por ese Dios y que los buenos recibirán de él el premio correspondiente. Si no creyeran en un Dios así, personal, con el que el creyente puede comunicarse, casi como un padre, se minarían las bases de la moralidad y del sentido mismo de la existencia. Por eso, según Maimónides, es necesario demarcar entre esa religión sensible de las almas simples y la religión más compleja, y verdadera, de los pocos que cuentan con la formación necesaria.

Cudworth y la religión universal

Miembro de los “platónicos de Cambridge”, Ralph Cudworth (1617 – 1688) se propuso demostrar que, en todas las religiones, politeístas o monoteístas, subyació siempre la creencia en un único dios. Aunque su intención original era refutar el ateísmo, llegó a conclusiones que se pueden considerar panteístas. Su análisis de las creencias egipcias lo condujo a concluir que justo esa religión secreta resguardada por la casta sacerdotal, como una forma de religión de las élites, en el sentido de Maimónides, se basaba en la creencia en un dios-todo, el Uno neoplatónico. Tomando como referencia el Corpus Hermeticum, y siendo consciente de su origen tardío, Cudworth abonó en la idea de una religio duplex (doble religión), necesaria socialmente. La religión secreta, distinta de la popular, se aleja del Dios personal para plantear una divinidad mucho más difícil de captar y comprender, la de la unidad de todas las cosas:

En opinión de Cudworth, las enseñanzas secretas de todas estas religiones [la de los hebreos y la de los egipcios, por ejemplo] se basan en la percepción de que dios es Todo y Todo es Uno. Esta teología del «Todo-Uno» se habría desarrollado en Egipto como enseñanza secreta y luego se habría difundido gracias a viajeros iniciados en los misterios. La teoría del «Todo-Uno», del «sistema espiritual del universo», fue la base de la hipótesis de que a todos los seres humanos y a todas las religiones subyacía algo común (Assmann, 2017, p. 70).

La concepción del Dios – Todo exige un nivel de abstracción y reflexión que no está al alcance de todos los seres humanos. Como ideal, puede esperarse que, sólo a través de un largo proceso, la humanidad alcance la madurez, en la mayoría de sus miembros, para elevarse de la religiosidad popular a esa otra religión universal, cosmopolita y panteísta, que terminaría con la división entre religiones institucionalizadas y, de paso, con los conflictos religiosos que derivan de ahí.

La persecución contra los filósofos

La persecución que padecieron teólogos como el maestro Eckhart, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno o Jacob Böhme, por expresar planteamientos que fueron interpretados como panteístas, revelaría la incomprensión, en el seno mismo del Cristianismo institucionalizado como iglesia, de esa sabiduría arcana y más compleja. En el judaísmo, Baruch de Spinoza, que llegó a publicar un sistema panteísta, en su famosa Ética demostrada según el orden geométrico, enfrentó toda la furia de los rabinos, que lo expulsaron de la sinagoga y lo anatematizaron. El filósofo incluso llegó a ser víctima de un intento de homicidio, en las calles de Ámsterdam, Desengañado de las instituciones, optó por vivir en un altillo y dedicarse a pulir lentes para instrumentos ópticos.

Ya a finales del siglo XVIII, Lessing sería señalado póstumamente de panteísmo por Jacobi. Y Fichte de ateísmo, lo que lo obligó a abandonar la Universidad de Jena. El propio Schelling enfrentó años después acusaciones similares, por parte de Friedrich Schlegel y se vio obligado a aclarar su postura, ya en el siglo XIX.

El Todo – Uno, que habría sido ya planteado desde la Antigüedad en Egipto (y en Grecia por Jenófanes, entre otros), ha tenido que ser planteado y transmitido en secreto, muchas veces, por la hostilidad de las iglesias y las instituciones. Lo que demuestra su potencial como concepción religiosa y filosófica más flexible y distinta de las religiones populares del Dios personal.

 

Bibliografía

Assmann, J. (2017). Religio duplex. Misterios egipcios e Ilustración europea. Madrid: Akal

Halbertal, M. (1997). People of the Book. Massachussets: Cambridge University Press. Citado en Assmann (2017), p. 57

 

Siguiente
Siguiente

Backrooms: el horror liminal