Futbol: ocio administrado
La Escuela de Frankfurt, dentro de la tradición marxista, exploró no sólo la explotación capitalista en el tiempo de trabajo sino también en el tiempo “libre”. La tesis básica podría resumirse en que las sociedades de consumo de masas logran estandarizar o uniformar las maneras en que los individuos utilizan su tiempo fuera del trabajo. Si en su jornada producen, en el tiempo de ocio consumen. Y lo hacen de manera muy similar e incluso previsible. Como no sólo lo que hacen durante la producción sino también durante el consumo está más o menos controlado, puede hablarse entonces de un ocio administrado, esto es, un esparcimiento, diversión, entretenimiento masivo, repetitivo, que brinda satisfacción y, al mismo tiempo, es fundamental para la reproducción del sistema, que depende del consumo a gran escala.
El hombre unidimensional
Herbert Marcuse (1898 – 1979) abandonó Alemania, su país natal, en 1933. Era judío y marxista, por lo que podía temer lo peor con el ascenso de los nazis al poder. Estuvo en Suiza y en Francia, pero finalmente se estableció en Estados Unidos en 1934. Obtuvo la nacionalidad estadounidense en 1940.
Como filósofo, había observado la construcción del totalitarismo de Hitler. En Estados Unidos, un país “libre”, se percató, sin embargo, de que una nueva forma de dominación quizá más sutil pero tal vez más profunda había logrado establecer un formidable control sobre la población.
En 1964, publicó El hombre unidimensional: ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, fruto de treinta años de estudio en Estados Unidos. Como el título indica, había identificado que la sociedad estadounidense producía un tipo de hombre de una sola dimensión, estandarizado, cortado con la misma tijera que todos los demás, cuyos deseos, moldeados según las necesidades de la estructura, coincidían en esencia con los deseos de millones de personas. La consecuencia sería que, de manera casi mágica, la gente terminaba por emplear su tiempo de ocio de formas asombrosamente parecidas, si no es que iguales.
Con esto en mente, Marcuse diferenció entre el tiempo libre y el tiempo de ocio. Sólo “el último existe en la sociedad industrial avanzada, pero no es libre en la medida en que es administrado por los negocios y la política” (Marcuse, 2005, p. 79, nota).
Si en la Alemania Nazi alguien podía sobrevivir obedeciendo y fingiendo simpatizar con el régimen, pero conservando una disidencia interna, en Estados Unidos la gente se entregaba con entusiasmo a los imperativos de la sociedad de consumo. Es más, en el shopping, en los espectáculos deportivos, en la televisión, en los conciertos, la gente se sentía “libre” e incluso “feliz”. Encontraba ahí una dosis de placer que, de alguna manera, compensaba el esfuerzo productivo. No había entonces un espacio privado para una libertad interior, es decir, para disentir, pues los dictados del capitalismo habían penetrado y determinado los deseos mismos de las personas.
El aparato productivo, y los bienes y servicios que produce, «venden» o imponen el sistema social como un todo. Los medios de transporte y comunicación de masas, los bienes de vivienda, alimentación y vestuario, el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la información, llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que vinculan de una forma más o menos agradable a los consumidores y a los productores y, a través de éstos, a la totalidad (Marcuse, 2005, p. 42).
Un consumidor puede suponer que cumple un gusto suyo al comprar un artículo o al asistir a un juego de futbol. Marcuse nos invitaría a pensar de dónde habría salido ese gusto y a quién beneficia que millones de personas tengan el mismo y lo satisfagan al unísono. La respuesta está en el sistema capitalista en su totalidad. El consumidor supone que su acto de consumo es muy individual o singular, pero es justo lo que lo vincula con el todo: reproduce un sistema con sus pautas de consumo. Su tiempo de ocio está por ello administrado. Y habría que preguntarse si ese tiempo realmente es libre.
Como marxista, Marcuse observó que tanto los trabajadores como los patrones suelen compartir los mismos hábitos y deseos. Contra lo que algunos podrían considerar como una difuminación de las clases sociales, él ve más bien un reforzamiento de la dominación, a través de una uniformización:
Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo [...] esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del «sistema establecido» son compartidas por la población subyacente (Marcuse, 2005, p. 38).
Si el tiempo de ocio, como tiempo no libre, ocupa al trabajador en lo mismo que se ocupa el jefe, en actividades de consumo que reproducen el sistema completo, ¿qué espacio queda entonces para la organización de los trabajadores, para la resistencia o para la praxis revolucionaria? La administración del tiempo de ocio no sólo mantiene funcionando la economía de la sociedad de consumo de masas, sino que también restringe la posibilidad de la actividad transformadora.
El futbol como ideología
En 1970, el psicólogo social Gerhard Vinnai publicó El futbol como ideología, con ocasión del Mundial de ese mismo año en México. Con influencia muy marcada de la Escuela de Frankfurt y en especial de Marcuse y Adorno, este autor, también de origen alemán, aplicó los conceptos de la administración del tiempo de ocio específicamente al futbol.
Para él, así como en el tiempo de trabajo al obrero promedio se le exige una serie de tareas repetitivas, poco críticas y poco creativas, así también el futbol ha sido normado como deporte y exige del espectador una actitud más bien contemplativa y pasiva, en la que tampoco ejercerá ninguna creatividad:
Puesto que en su lugar de trabajo ha aprendido a adecuarse a las exigencias de la racionalidad de la empresa, a plegarse pasivamente a las disposiciones de sus superiores, en su tiempo libre también trata de sustraerse a las tareas independientes. Su fantasía se atrofia: quien quiera adaptarse tendrá que renunciar a la fantasía. El espectador ni siquiera asume de buena gana el juicio acerca del suceso deportivo; los reportajes y comentarios de los medios masivos, que informan acerca del partido a que asistiera, ejercen sobre él una atracción mágica (Vinnai, 1986, p. 33).
Agobiado, pero también determinado por las tareas del tiempo de trabajo, el trabajador sólo busca un ocio pasivo, en el que no tenga que ejercer mayor trabajo mental o creativo. El espectáculo deportivo es de este tipo. Sólo le exige ver, no jugar futbol. Y también se le exime de hacer un juicio crítico del juego, pues incluso la industria cultural le provee de programas deportivos en los que otros hacen ese juicio.
El hombre unidimensional podría emplear su tiempo de ocio en multitud de actividades deportivas, artísticas, intelectuales, políticas, tan diversas como se pudiera imaginar, pero ha sido encaminado a desear hacer exactamente lo mismo que los demás, ver un juego de futbol y gozar con eso. La reducción de lo humano en su riqueza es trágica y devastadora. Así lo requiere el statu quo.
Bibliografía
Marcuse, Herbert (2005). El hombre unidimensional. Barcelona: Ariel
Vinnai, Gerhard (1986). El futbol como ideología. México: Siglo XXI