Prefiero morir con la cabeza alta

Durante el Mundial de Futbol de la FIFA 2026, ha llamado la atención la figura de un aficionado de la selección de la República Democrática del Congo (RDC), que se hace llamar “Lumumba Vea” y cuyo nombre es Michel Kuka Mboladinga.

En los partidos de su selección, sube a un pequeño banco y permanece en la misma posición, de pie y con el brazo derecho extendido, emulando un monumento a Patrice Lumumba que se encuentra en Kinshasa, la capital de la RDC.

“Lumumba Vea” en el partido disputado entre la RDC y Colombia, durante el Mundial de la FIFA 2026

A pesar de que el gobierno de Estados Unidos le ha negado la visa, “Lumumba Vea” ha logrado captar la atención a nivel mundial. Y pudo estar en el partido entre la selección de su país y la de Colombia en el Estadio Guadalajara.

Más que un aficionado al futbol, “Lumumba Vea” es un activista político, que tiene como objetivo visibilizar la historia de la RDC a través de Patrice Émery Lumumba (1925 - 1961), a quien quizá las nuevas generaciones no conozcan. Su presencia en los estadios es un “corte” en el espectáculo deportivo, casi un “portal”, que remite al pasado o que trae el pasado al presente. Su posición inmóvil invita a la reflexión, genera las preguntas y llama a que el público se informe de acontecimientos que, de alguna u otra forma, han moldeado el mundo tal y como lo conocemos.

El Congo y el imperialismo europeo

Leopoldo II de Bélgica (1835 – 1909) estaba obsesionado con la idea de que su país se convirtiera en un imperio colonial, como Francia o Inglaterra. Sin embargo, no contaba con el apoyo del parlamento, por lo que decidió que ese empeño lo llevaría él mismo adelante. Contrató a un cartógrafo británico para que explorara el río Congo e hiciera firmar papeles a todos los jefes locales que encontrara, aunque no supieran leer ni escribir, ni entendieran el concepto de propiedad privada, según los términos occidentales.

A la par, cabildeó con los representantes de las grandes potencias de la época, jugó con los intereses de unos y otros, los convenció de que la cuenca del Congo sería una zona de libre comercio, sin aranceles ni aduanas. Se presentó como un “filántropo” neutral en el tablero de los grandes imperios, para que Gran Bretaña, Francia, Alemania y Portugal avalaran su control sobre un inmenso territorio en el corazón de África.

El 26 de agosto de 1885, durante la Conferencia de Berlín, se otorgó el reconocimiento de la posesión personal y privada de Leopoldo II sobre 2.34 millones de kilómetros cuadrados, una zona 76 veces más grande que Bélgica. Ríos, selvas, personas, tierras, minas, todo pasó a ser propiedad del rey, que de inmediato comenzó a explotar los recursos naturales, comenzando por el marfil, con la caza masiva de elefantes.

En la década de 1890, con la invención de la llanta inflable para vehículos, se disparó la demanda global de caucho. Y el Congo estaba pletórico de enredaderas con ese recurso. La milicia privada de Leopoldo obligó a los habitantes a cumplir con una cuota de producción, a través de las amenazas y las penas corporales. Se hizo común la práctica de amputar las manos de los nativos que no cumplieran con la cuota, que se negaran a trabajar o que se rebelaran.

Un misionero occidental muestra el brazo mutilado de un nativo congoleño.

Fue un exterminio. Se calcula que murieron alrededor de 10 millones de personas durante el reinado de Leopoldo, lo que redujo la población a la mitad. Hubo un escándalo. Los misioneros y periodistas expusieron las atrocidades y en 1908 el rey tuvo que ceder el Congo al gobierno de su país. Así surgió un nuevo país, conocido como el Congo Belga.

Lumumba y la Independencia del Congo

Bélgica administró el Congo de forma paternalista. El gobierno colonial partió de la premisa de que los congoleños no estaban listos para tener derechos políticos o educación. Se consideraba suficiente que tuvieran alimentos y atención médica.

En 1960, cuando el Congo obtuvo la independencia en medio de disturbios anticoloniales, su territorio era del tamaño de toda Europa occidental, pero sólo tenía treinta graduados universitarios. No había personal especializado ni preparado para la industria, el gobierno o la administración pública.

Patrice Lumumba, de 34 años y líder del Movimiento Nacional Congoleño (MNC), fue electo como primer ministro el 23 de junio de 1960. El día 30, Balduino I, rey de Bélgica, presente en la capital - todavía entonces llamada Léopoldville - dio un discurso para proclamar la República del Congo. Elogió el colonialismo belga como una “empresa civilizadora” e incluso elogió a Leopoldo II. Indignado, Lumumba tomó la palabra de manera imprevista y pronunció un duro discurso en el que denunció las crueldades del colonialismo. Fue tan contundente, que algunos recuerdan haberlo escuchado cerrar con las palabras “Ya no somos sus monos”. Los historiadores coinciden en que quizá no dijo eso, pero puede ser un indicador de lo que sí pronunció.

Apenas días después, el ejército congoleño se amotinó contra los oficiales, que seguían siendo belgas. En la provincia de Katanga, donde había cobre, uranio y cobalto, entre otros minerales, estalló un movimiento separatista, apoyado por empresas mineras belgas. Lumumba solicitó ayuda militar a la ONU, que envió tropas, pero no actuó contra los separatistas. El primer ministro recurrió a la Unión Soviética y pidió apoyo logístico y aéreo. Como respuesta, Estados Unidos lo etiquetó de “comunista”.

En septiembre, el coronel Joseph-Désiré Mobutu, con apoyo de la CIA, dio un golpe de Estado, tomó el poder, arrestó a Lumumba y lo entregó al gobierno de la provincia rebelde de Katanga. El 17 de enero de 1961, Lumumba, luego de ser torturado, fue fusilado por un pelotón comandado por oficiales belgas. Su cuerpo fue disuelto en ácido sulfúrico. Sólo quedaron algunas piezas dentales, que fueron exhibidas como trofeo por los asesinos.

Patrice Lumumba, capturado por las fuerzas golpistas

Mobutu, que se hizo llamar Sese Seko, cambió el nombre del país a “República del Zaire” y gobernó como dictador, con apoyo de Estados Unidos y varios países europeos, hasta 1997. Se calcula que robó unos cinco mil millones de dólares. Fue galardonado por los gobiernos de Italia, España, Francia y los Países Bajos, entre otros. Se convirtió en el ejemplo perfecto del dictador africano del siglo XX, cleptócrata, excéntrico y respaldado por occidente. Murió en Marruecos, exiliado.

El gesto de “Lumumba Vea”

Mientras estaba preso y sometido a torturas, Patrice Lumumba escribió una carta clandestina para su esposa, Pauline Opango Lumumba. Milagrosamente conservada, ahora se considera su testimonio político:

Ni brutalités, ni sévices, ni tortures ne m'ont jamais amené à demander la grâce, car je préfère mourir la tête haute, la foi inébranlable et la confiance profonde dans la destinée de mon pays, plutôt que vivre dans la soumission et le mépris des principes sacrés.

Ni las brutalidades, ni los malos tratos, ni las torturas me han llevado jamás a pedir clemencia, pues prefiero morir con la cabeza alta, la fe inquebrantable y una profunda confianza en el destino de mi país, antes que vivir en la sumisión y el desprecio de los principios sagrados.

Cuando “Lumumba Vea” permanece de pie durante los 90 minutos de los partidos de futbol de la selección de la República Democrática del Congo, hace un homenaje a la actitud invencible de este personaje del siglo XX, que dio la vida por la independencia de su país. Permanece erguido, de pie, con la cabeza tan alta como el primer ministro convertido en mártir de la libertad.

Es completamente comprensible que el gobierno de Estados Unidos, que ahora mismo desarrolla una guerra imperialista contra Irán y que hace apenas unas semanas intervino militarmente en Venezuela, le niegue la visa a un activista que emula la figura de Patrice Lumumba, derrocado y asesinado con la venia de Washington.

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Un espectáculo de masas