Un espectáculo de masas

El partido de futbol disputado el jueves 18 de junio entre las selecciones de México y Corea del Sur, en el Estadio Guadalajara (Akron), ubicado en Zapopan, Jalisco, fue el pretexto para lo que el filósofo búlgaro Elias Canetti estudió en su libro clásico “Masa y poder”, publicado en 1960.

La masa desatada

Las personas reunidas por miles en el centro de Guadalajara, donde se instaló el Fan Fest, mostraron antes, durante y después del partido un comportamiento de masas. En la búsqueda de un mínimo de orden, los organizadores han cercado el sitio y han intentado controlar el acceso. Esto formaría lo que Canetti llamó “masa cerrada”, una aglomeración limitada, que evita uno de los rasgos definitorios de la “masa abierta”, su tendencia al crecimiento. Porque, en cuanto la gente comienza a agolparse y se convierte propiamente en una masa, parece que contagia a más y más personas:

El ansia de crecimiento es la primera y suprema característica de la masa. Quiere integrar en ella a todo aquel que se pone a su alcance. Todo ser con forma humana puede formar parte de ella. La masa natural es masa abierta, cuyo crecimiento no tiene límites prefijados. No reconoce casas, puertas ni cerraduras; quienes se encierran se convierten en sospechosos (Canetti, 2018, p. 16).

Justo eso fue lo que no calcularon los que armaron el Fan Fest: concentraron a una masa cerrada, pero afuera quedó una masa abierta, que vio en las vallas una limitación inaceptable para su crecimiento. Por ello, las barreras de madera y los elementos de seguridad fueron insuficientes. La masa irrumpió y se propagó sin que nadie pudiera evitarlo. Aquí a la expansión se le sumó otro rasgo definitorio de la masa, el impulso de destrucción.

La masa puede destruir prácticamente todo, cristales, puertas, cosas, pero esto no es sino expresión de lo que en el fondo anhela destruir, todos los límites. Los miembros de la masa quedan igualados, se rompen los límites de rango, jerarquía, clase social, individualidad, prima entonces la densidad, el contacto corpóreo. El individuo se siente superado e integrado por el grupo. Percibe o intuye que los límites de su acción, la norma, la ley, lo que lo oprime, define y restringe como ciudadano también ha quedado suspendido. O que hay que destruirlo, en bloque.

Al terminar el partido, con el sufrido triunfo de México, la masa del Fan Fest y sus alrededores experimentó lo que Canetti llama el estallido, el anhelo de atraer no sólo a más personas sino a todas:

Es importante establecer de una vez por todas que la masa nunca se siente satisfecha. Mientras exista un hombre no incluido en ella, muestra apetito. Que siguiese mostrándolo una vez incorporados todos los hombres, nadie puede afirmarlo con certeza, pero es incluso muy probable. Sus intentos de perdurar tienen algo de impotencia. El único camino en que tiene posibilidades de sobrevivir reside en la formación de masas dobles, donde, después, una masa mide su potencia con la otra. Cuando más se aproximen éstas en fuerza e intensidad, tantas más posibilidades tienen de sobrevivir, confrontándose (Canetti, 2018, pp. 25 y 26).

La masa comenzó a atacar a los automovilistas, a sacudir violentamente los autos, con las personas en su interior. Es una muestra clara de esa intolerancia a individuos que no están en la masa: dentro del auto, las personas están de alguna manera aisladas de la masa, con un límite, el del metal y el cristal, que las aísla de ella. De ahí la hostilidad de la masa, su violencia, como si fuera una afrenta que alguien no se le haya sumado. También fuimos testigos de la formación de “masas dobles”, pues, ya desde antes del partido, en el interior mismo de la masa, comenzó una batalla de objetos. Volaron botellas de agua, vasos, frutas, basura, piedras. La masa se dividió en dos y se confrontó. Incluso hubo algunos heridos. Es como si la masa presintiera su caducidad y buscara evitarla por una especie de mitosis, una división que la multiplique y la acreciente.

La masa domesticada

La peligrosidad de las masas en las sociedades modernas ha sido reconocida y además domesticada. No es que no se permita que se formen masas, pero esa formación se diseña y se administra, para evitar su desbordamiento. La masa debe ser una masa cerrada. Y uno de sus cercos es el estadio, en los espectáculos deportivos. Ahí los miembros de la masa pueden estar sentados, más o menos en orden y además se les suministran ocasiones para estallidos controlados, como en el grito de gol.

Algo muy importante es que la concentración tiene un tiempo determinado de disolución, que es el de la duración del partido de futbol. La masa, entonces, es convocada, organizada, administrada y disuelta a conveniencia, con fines mercantiles. Es una “libertad” medida:

Los espectadores pueden permanecer sentados; la paciencia colectiva se hace visible con toda claridad. Poseen la libertad de sus pies para patear el suelo, y sin embargo permanecen en el mismo sitio. Poseen la libertad de sus manos para aplaudir. Está prevista una duración del espectáculo que, normalmente, no tiene por qué verse acortada; al menos durante ese tiempo se permanece juntos. Durante ese lapso puede suceder multitud de cosas. No se puede saber de antemano cuándo y por qué lado se mete un gol; además, al margen de estos anhelados acontecimientos centrales, hay muchos otros que conducen a ruidosos estallidos. La voz se oye con frecuencia y en distintas ocasiones. En cuanto a los efectos de la desintegración final se les ha quitado su doloroso carácter con la predeterminación temporal (Canetti, 2018, pp. 46 y 47).

El mercado y el Estado han logrado diseñar momentos y espacios para la masa que satisfacen lo que parece una necesidad de los individuos, pero sin los efectos potencialmente peligrosos. Todo, además, deja réditos, tanto económicos como políticos. En el partido de futbol y en el concierto se consume, se gasta, se utiliza el ocio según los imperativos del mercado. Y en el mitin se refuerza el lazo entre el líder y sus simpatizantes. Se le da a la masa una dirección, una meta, un cerco y un tiempo. Todo individuo puede entonces masificarse de forma no sólo inocua para el sistema, sino además provechosa.

Pero a veces los que están encargados de organizar los espectáculos fallan. O la masa se vuelve más numerosa de lo que se calculó. Puede que la dirección que se le daba resulte insuficiente. O que el espacio y el tiempo no la satisfagan. Entonces, como vimos, la masa muestra su potencial destructivo, como masa abierta y habrá que encontrar la manera de dispersarla.

Bibliografía

Canetti, Elias (2018). Masa y poder. Madrid: Alianza

 

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