El odio a Argentina

El Mundial de Futbol de la FIFA 2026, ya en su parte final, se ha ido convirtiendo en la ocasión para un fenómeno de hostilidad hacia la selección argentina, Lionel Messi y la nación sudamericana en su conjunto. Con un calendario de enfrentamientos bastante cómodo, el equipo albiceleste es objeto de críticas que pueden condensarse en la idea de que es favorecida por la FIFA y su presidente, Gianni Infantino.

En México, los ataques se han vuelto particularmente virulentos. En los mundiales de Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Catar 2022, la selección mexicana fue derrotada por la argentina, lo que ha consolidado una suerte de rivalidad. Luego de la eliminación de México ante Inglaterra, pareciera que muchos aficionados mexicanos se han estado enfocando en que Argentina sea también eliminada.

El contexto se ha prestado para la suspicacia. En dieciseisavos los argentinos enfrentaron a la sorprendente Cabo Verde y el partido llegó a los tiempos extras. En octavos, sobrevino el escándalo contra Egipto, al que se le anuló un gol por una falta en el otro extremo del campo. Más de un jugador egipcio y el propio entrenador expresaron durísimas quejas sobre el arbitraje e incluso la federación egipcia solicitó una investigación. En cuartos de final continuó la polémica con la expulsión de un jugador suizo que simuló una falta en medio campo, lo que le valió una segunda tarjeta amarilla. Al final, en tiempos extras, Argentina ganó por 3 a 1.

La necesidad del enemigo

El aficionado mexicano quizá no se ha percatado de que, así como un equipo al que apoyar, también necesita un equipo al que odiar. Esto es claro en los campeonatos de liga, donde se configuran las rivalidades que dan lugar a los “clásicos” como entre el América y el Guadalajara o entre el Guadalajara y el Atlas, por poner un par de ejemplos. Es como si fuese necesario un adversario contra el cual identificarse. O como si, para definir lo que uno es como aficionado, se requiriera un contraste de lo que uno no es.

En 1932, el filósofo Carl Schmitt publicó “El concepto de lo político”, una obra fundamental del siglo XX en la que se presenta la hipótesis de que la política en las sociedades modernas depende de una distinción entre amigo y enemigo. Sólo reconociendo a su contrario, un grupo puede adquirir identidad política. Sin ese conflicto de base, simplemente no habría política alguna: "Un mundo en el que se hubiese eliminado por completo la posibilidad de una lucha de esa naturaleza, un planeta definitivamente pacificado, sería pues un mundo ajeno a la distinción de amigo y enemigo, y en consecuencia carente de política” (Schmitt, 2009, p. 65).

El odio futbolístico a Argentina podría ser simplemente una versión laxa de esa distinción amigo-enemigo, que el aficionado mexicano necesita para identificarse como tal. Argentina representa el adversario contra el cual concentrar la hostilidad, como contraparte de la selección mexicana, que concentra los apoyos. Podemos preguntarnos si el futbol, como espectáculo de masas, podría ser posible si no se viera en el contrincante a un enemigo al que se puede y sedebe odiar.

El conflicto como espectáculo

Si Schmitt nos aporta la estructura de la distinción básica, podemos recurrir a Guy Debord para entender la función comercial de esas rivalidades. En La sociedad del espectáculo, publicado en 1967, el filósofo francés argumenta que, en la sociedad capitalista moderna, la vida se ha convertido en una representación, en un espectáculo. Las personas se relacionan consigo mismas y con las demás a través de las imágenes. Se trata de un texto casi profético, si tomamos en cuenta las maneras en las que socializamos en redes sociales. Es como si todo lo que sucediera debiera tener un correlato en imagen y video, porque, si no lo tiene, es como si no sucediera.

En el caso del futbol, el espectáculo necesita del conflicto, y casi es una metáfora de las diferencias entre los países. Como negocio, el futbol debe llamar emocionalmente al público que lo consume. Y una manera simple, básica, vulgar, es la de introducir las diferencias nacionales, raciales o de clase, para alimentar la rivalidad y hacer más atractivo el producto: "Así se recompone la interminable serie de enfrentamientos insignificantes que movilizan un interés infralúdico, del deporte de competición a los comicios electorales" (Debord, 1995, p. 35).

El aficionado mexicano que odia a la selección argentina de futbol no hace sino caer en los esquemas que mejor convienen al futbol como espectáculo. Estará muy pendiente de los resultados de Argentina en el Mundial, deseando que sea derrotada, casi en el mismo grado en que deseó el triunfo de la selección mexicana.

La violencia dirigida

Desgraciadamente, el futbol no sólo provoca diferencias meramente deportivas, sino que eso escala a diferentes tipos de violencia. A Lionel Messi, por ejemplo, se le acusa de “judío” o “sionista”. A los argentinos se les tacha de “meseros” y se les ponen motes como “hambrientinos”. Todo esto recibe respuesta hacia los mexicanos, que son calificados de “saltamuros”. Recién la presidenta Sheinbaum participó en la polémica, al denunciar a Eduardo Feinmann, un periodista argentino que dijo detestar a los mexicanos, en un programa en vivo.

Todo esto nos puede remitir a una tendencia primitiva o esencial hacia la violencia que tiene que ser de alguna manera dirigida o descargada contra alguien o algunos. El futbol sólo sería el pretexto o la ocasión para hacerlo. Una forma contemporánea de violentar socialmente que ha sustituido a otras quizá más crudas o evidentes.

El filósofo francés René Girard estudió la violencia sagrada contra el chivo expiatorio que logra, de alguna manera, liberar a la sociedad de sus antagonismos y hostilidades. El colectivo necesita violentar. Y lo mejor es que toda la violencia recaiga sobre uno solo, para provocar el menor daño posible: "Instintivamente, se busca un remedio inmediato y violento a la violencia insoportable. Los hombres quieren convencerse de que sus males dependen de un responsable único del cual será fácil desembarazarse” (Girard, 1983, p. 88).

El argentino, como chivo expiatorio, permite canalizar el odio, la frustración, la hostilidad y, en una palabra, la violencia contra un enemigo, además externo. Esto da identidad al grupo, refuerza el nacionalismo y además sirve como contenido de redes sociales y también como motivo para consumir el espectáculo de los partidos de futbol.

El odio contra Argentina termina por ser útil social, política y comercialmente, lo sepan o no quienes lo reproducen y lo practican, creyendo que se trata sólo de una rivalidad deportiva.

Bibliografía

Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo (R. Vicuña Navarro, Trad.). Ediciones Naufragio. (Obra original publicada en 1967).

Girard, R. (1983). La violencia y lo sagrado (J. Jordá, Trad.). Editorial Anagrama. (Obra original publicada en 1972).

Schmitt, C. (2009). El concepto de lo político (R. Agapito, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1932).

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