Filosofía y angustia
La angustia de la libertad
En las Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados (1809), Friedrich Schelling plantea que en el ser humano se desarrolla una lucha entre dos voluntades, la primera y más básica es la que tiende a lo que podríamos llamar egoísmo, una tendencia hacia el repliegue y el intento de convertirse en el centro de la creación, de forma espuria. La otra, en cambio, es la del despliegue o del amor, que consiste en darse o sumarse a la totalidad. La decisión es ineludible y, por ello, también angustiante:
La propia angustia de la vida [Die Angst des Lebens] empuja al hombre fuera del centro en el que fue creado; pues éste, como la más pura esencia de la voluntad, es para toda voluntad particular un fuego devorador; para poder vivir en él, el hombre tiene que morir a toda particularidad, por lo que es casi necesario que intente salir desde el centro a la periferia para buscar allí un reposo a su mismidad (Schelling, 1989, p. 221).
Unir su propia voluntad particular con la voluntad universal sería lo correcto, pero es sumamente complicado, la tentación de no hacerlo y de encapsularse en sí mismo, de entregarse a sus propios deseos e inclinaciones, sin preocuparse por los demás, esto es, de entregarse al mal, es una fuerza poderosa “(…) del mismo modo en que al hombre que se encuentra en una alta y escarpada cima le invade el vértigo y le parece como si una voz interior le gritase que se arroje, o como en la vieja leyenda, retumban desde la profundidad cantos de sirena a los que no se puede resistir y que atraen al navegante que pasa hacia el remolino” (ibidem).
La angustia divina
La condición humana en ese trance vital no sería sino la repetición, en el plano finito, de un drama que alcanza a lo divino, antes de la creación. En la tradición panteísta, Dios, como el todo antes de desplegarse, sería el infundamento o el sin-fundamento de todo lo que existe, la total Indiferencia, donde hay nada, pero se contiene todo, es el “aún no” (noch nicht) del que apenas algo puede decirse o pensarse. Ahí, en esa noche atemporal, protohistórica y sumida en la eterna serenidad (Gelassenheit), surge un ansia (Sensucht), un anhelo de ser, de llegar a sí mismo, de encontrarse o manifestarse.
Entonces, rota aquella calma absoluta, dos fuerzas contrapuestas, una centrífuga y una centrípeta, una contractiva y una expansiva, una oscura y otra luminosa, agitan aquella esencia divina, que entra en un vórtice, un movimiento circular (rotarische Bewegund), sin que exista un principio intermedio que las ordene y subordine una a la otra. Sin poder salir de sí aún, pero sin poder contraerse otra vez hacia aquel estado originario de paz, Dios mismo experimenta la “rueda de la angustia”, un bucle insoportable, un tormento de parálisis y, a la vez, de turbación (Angst-Rad). Sólo cuando se tome un primordial acto de decisión (Ent-Scheidung) y se pronuncie por primera vez la Palabra (Logos), aquel vórtice quedará en el pasado eterno, para dar origen al cosmos.
Angustia y falta
Si algunos pensadores como Kierkegaard y Heidegger habrían relacionado la angustia con un enfrentamiento del individuo con la nada o “la falta”, Jacques Lacan reformuló el concepto como un enfrentamiento más bien con “la falta de la falta” (le manque del manque): cuando el ser humano está demasiado cerca de lo Real, sin que lo proteja el orden simbólico del lenguaje, sin esa distancia del nombre o del símbolo, como manto protector, entonces lo que falta es la falta de aquella Realidad, que sólo proporciona lo Simbólico. Es, en otras palabras, un exceso de lo Real lo que genera la angustia.
Volviendo a Schelling, Slavoj Žižek compara aquel vórtice en el seno del infundamento como una doble imposibilidad que se da en el individuo cuando, por un lado, no puede ya cerrarse o aislarse completamente en sí mismo, pero tampoco puede, por otro lado, abrirse o entregarse a los demás, al exterior, pues una y otra vez sus intentos se derrumban en un nuevo (e inútil) intento de cierre. Esa oscilación en bucle constituye la angustia lacaniana: la demasiada cercanía del individuo con lo Real de sus propias pulsiones lo atrae, sin que pueda sumergirse en ellas completamente, pero tampoco tiene el apoyo de lo Simbólico que lo mantenga a una distancia suficiente. No hay serenidad, paz ni tranquilidad posible.
(…) la angustia aparece cuando un sujeto experimenta al mismo tiempo la imposibilidad de cerrarse, de recluirse en sí mismo por completo, y la imposibilidad de abrirse, admitiendo una Alteridad, por lo que queda atrapado en un círculo vicioso de palpitación; todo intento de creación- expansión- externalización repetidamente se “aborta”, colapsa en sí mismo (Žižek, 2016, p. 49)
Sólo cuando el sujeto angustiado logre distanciarse de lo Real con ayuda del lenguaje o la Palabra, vendrá la “castración simbólica” y aquel vórtice de pulsiones será arrojado a un “pasado eterno”, el inconsciente. La “falta” habrá aparecido, junto con el tiempo y el deseo, pues esas pulsiones, ahora sepultadas, están a la distancia suficiente como para ser ahora objeto libidinal.
El pasado de la razón
Schelling, Lacan y Žižek coincidirían en que el orden racional que hace posible una vida individual y el cosmos mismo se basaría en un pasado de agitación y turbulencia, un pasado de locura y desquiciamiento, que ha tenido que ser dejado atrás, pero que, de manera ominosa, late en lo profundo, con la posibilidad permanente de retornar. Lo que hoy se manifiesta como dominado por una lógica comprensible, por un orden que constituye el universo, tiene un fundamento, que habita en lo atemporal: "La base del entendimiento mismo, entonces, es la locura. De ahí que la locura sea un elemento necesario, pero sólo que no debe salir a la luz, no debe actualizarse. Lo que llamamos entendimiento, sí es real, vivo y activo, no es en realidad más que una locura sometida a reglas" (Schelling, 2024, p. 144).
Si se derrumbase el orden simbólico del lenguaje, nos volveríamos a encontrar con aquel bucle siniestro y angustiante, con aquella locura primordial que, de alguna u otra forma, nos constituye. Somos seres frágiles, nuestra racionalidad, de la que solemos enorgullecernos, puede hundirse y podemos volver a aquellos abismos que tal vez no recordamos, pero que habitan en lo más profundo de nosotros.
Bibliografía
Schelling, F. W. J. (1989 / 1809). Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados. Barcelona: Anthropos
---------------------- (2024 / 1810). Lecciones privadas de Stuttgart. Barcelona: Herder
Žižek, Slajov (2016 / 1996). El resto indivisible. Buenos Aires: Godot